Estaba, como siempre, en la perfecta mezcla de apurado y atrasado, cuando tomé el taxi, el chofer, un regordete hombre de unos muy maltratados cincuenta años, apenas me saludó, y tras el chilenísimo regateo correspondiente, procedió a contarme la postal que hacía algunos minutos lo había impactado hasta las náuseas. Dos mujeres estaban paradas en la misma esquina en que él estacionaba su taxi a la espera de más atrasados como yo, las mujeres se despedían, bordeaban los veinte años, unas “lolitas”, las chicas se besaron amorosamente en la despedida.
¿Una demostración de amor? ¿Una irrespetuosa forma de burlar a la sociedad? ¿Un paso seguro al libertinaje? ¿O simplemente la despedida de una pareja? Estamos en Chile, y aunque el bicentenario se anuncia con champagne y desfiles, aun la discusión nos conecta con lo más profundo de nuestra idiosincrasia, con lo mas retrogrado de nuestra historia. “A mí los maricones me dan lo mismo, pero ojala se fueran a hacer sus cosas a una isla, lejos de la gente normal”, por mas hitleriano y atemporal que suene, esas eran las palabras con las que el taxista tomaba palco ante la grotesca escena.
Surgen dudas inevitables, palabras como progreso, desarrollo y crecimiento, no deberían ir atadas a apertura, consciencia, pluralidad y por último ¡Derechos? Pero las dudas se acentúan aún más al pensar en la delgada línea que separa el derecho a la libertad sexual o bien la de amar, con el otro derecho, que tiene que ver con la, también respetable, posición conservadora. Es que el progreso mental se debe dar paulatinamente o debe implantarse de golpe poniendo a parejas de lolitas y jovencitos en cada esquina donde haya un taxista ¿“conservador”?
Debemos tener claro que somos parte importante de la historia de esta larga y angosta franja de tierra, somos la generación de la transición, la de militares y travestis, la de la píldora y el aborto, la del celular y la Internet móvil, seremos testigos entonces del inevitable paso social hacia la apertura de mentes, aceptación, y por último, del respeto, palabra tan manipulada, y que a ambos lados de cualquier moneda se le pone como escudo. Respeto con mis decisiones, pero también, respeto con las decisiones divergentes.
No es la idea enarbolar banderas de liberación homosexual ni nada que se le parezca, sino mas bien, retratar a esta sociedad testigo, que hoy discute y observa revoluciones tanto o mas trascendentales que la píldora en los sesenta o el amor libre en los setenta, bienvenidos a la sociedad del pluralismo, de la libertad, del no asombro, y por sobretodo la sociedad del respeto!!!
Ah! Y al señor taxista que inspira estas líneas, usted decide si dejarlo pasar o apedrearlo con rocas ornamentadas de lentejuelas
Gracias a Horacio por hacer esta primera contribución en este espacio ;)

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